Silvia Herrera 100009371
Hasta hace muy poco todas mis Semanas Santas se reducían a pasar tiempo en familia. Ir al rio, comer muchas habichuelas con dulce, ir al campo. Además de tener la rutina de ir a misa el domingo de resurrección.
En mis primeros años de infancia, entiéndase de 4 a 7 años, mis padres junto con mis hermanos, íbamos a compartir en familia. No importaba el lugar, lo que trascendía es que estuviéramos juntos. Aahhh… todos nosotros sobre un motor 70 que papi tenia, en el cual cabíamos los cinco.
¡¡¡Ni si quiera se imaginen la escena!!!
Bueno, papi no nos dejaba salir solos en esos días, decía que era muy peligroso. Que nos quedábamos en casa y punto. No valían los ruegos. Donde nosotros íbamos el debía de estar.
De los 7 a 15 años las cosas no variaron mucho. A excepción del vehículo de mi padre, que ya era una camionetica. Y que nos habíamos mudado de barrio, a uno muy diferente del que vivíamos.
Ahora pasábamos tiempo en familia, pero también nos daban chance de salir con nuestros vecinos al rio, piscina, campo… ya estábamos creciditos y podíamos salir.
Las habichuelas con dulce todavía eran parte esencial del menú. Por supuesto que el chaca era característico de esos días. Por cierto me encanta el chaca, más que las habichuelas. Bueno seguimos con el resumen.
De los 15 a los 18 salía con amigos y familiares. Ya ni me acuerdo.
Pero lo que sí puedo decir es que estos tres últimos años mis Semanas Santas han sido muy diferentes. He estado en campamentos junto con mis hermanos de la iglesia, experimentando grandes cambios en mi vida. Aprendiendo a cómo conducirme en una sociedad tan difícil como esta, para no ser alienada por las pautas marcadas por ella misma.
Donde lo que era anormal ahora es normal, y lo que antes lo era ahora ya no lo es. Estos tres últimos años los he considerado como los más significativos y de crecimiento.
Esta reciente vacacionada fue especial. Me olvide por primera vez de las habichuelas y decidí dar un poquito d todo lo que había aprendido en los últimos años con otros. El resultado fue satisfactorio. Cuatro días desconectada de la realidad.
Durmiendo en tiendas de campaña. Bañándome con el agua fría del rio entrada la noche, sin energía eléctrica, mosquitos por todos los lados, con incomodidades, subiendo y bajando montañas para llegar a nuestros destinos.
¡Sin habichuelas con dulce, pueden creerlo!
Uuufff, pensar que toda mi vida había estado recibiendo mucho sin dar nada.
Yo no sé tú, pero para mí Semana Santa es más que comer habichuelas con dulce. Es sembrar los granitos de habichuelas en los corazones de la gente, permitir que germinen y que tengamos una gran cosecha de cosas abundantemente buenas. Y al final, luego de ser cosechadas, hagamos una gran fiesta celebrando que quien sembró las habichuelitas, proporcionó los ingredientes necesarios para que hoy puedas ser lo que El quiere que seas:
¡¡¡UN CAMPO FERTIL DONDE EL PUEDA SEMBRAR Y COSECHAR HABICHUELAS!!!
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